
Después de todo, quizá esto no sea más que un brote de lucidez intermitente, pero creo que comienzo a despertar de mi letargo fatal. De ese estado de ‘stand by’ que me ha paralizado y narcotizado hasta extremos insospechados.
He roto con el Destino. Definitivamente. He intentado escucharle y comprenderle. Me he esforzado en convivir con él durante todo este tiempo. Pero hasta aquí hemos llegado. Punto pelota. Tú a Boston y yo a California. Y no se hable más. Ya se ha reído suficiente de mí.
Paseando por una Gran Vía cortada y atestada de gente entusiasmada con la propia muchedumbre y las actividades posmodernistas en los edificios madrileños, entre fotógrafos improvisados y amantes de un humeante Starbucks a altas horas de la noche, caí en la cuenta de que me estaba dejando llevar por una corriente extraña y ajena a mis verdaderos deseos.
Me encontré libre y sin saber qué dirección tomar. Y cuando no sé exactamente a qué calle de qué número me dirijo, me desquicio y me pierdo. Te sacan un poquito del guión y ya está liada. A pedir sopitas. Pues no. Perderse es interesante. Debería salir más con el coche sólo para perderme por Madrid. Sí, meterme en un bochornoso atasco y salir de él airosa.
“Uuuhh… No sabe a dónde va, y de momento lo ha dejado todo atrás…”.
Luces chill out y cañas en los Kebab’s. La vida está esperando a que la sorprendas, a que la disfrutes, y tú te evades con historias del Renacentismo mientras esperas que el horóscopo te eche una mano. Inútil.
Llegados a este punto, creo que es un buen momento para parafrasear las palabras de mi sabia amiga Alondra Valle: “Sí… Era tu oportunidad… Pero bueno, las oportunidades no vienen solas, hay que darlas un empujonsito”.
En efecto, mi querida Alondra. Un empujonsito. Una huida hacia delante, pero con convicción y entusiasmo.
“Tengo ganas de enfrentarme a la vida de una puta vez ya, joder”, clama un becario previa retirada de la fatua y particular noche en negro mía.
Estamos programados para ser impasibles. No nos afecta el vómito ajeno en el metro ni aunque nos salpique a los zapatos (disculpadme, colectivos sensibles). Una chica, que probablemente viene de fiestuki, pierde el equilibrio y cae tontamente de la moto al parar en un semáforo en el paseo de la Castellana según mis seguramente erróneas coordenadas. Quizá esté borracha. O quizá no. El caso es que los que contemplamos la escena permanecemos ajenos e inmóviles. Ella se levanta y coge su moto y después, sale acelerada la primera. A comerse la ciudad. Dí que sí.
Amanece por fin en Seseña sin sustos ni sobresaltos, que no es poco. Creedme. El sargento ‘Pobedilla’ puede marcharse a casa tranquilo, ya ha terminado el turno. No más denuncias ni inspecciones oculares.
Al final, después de tantos rezos y tanta fe, después de tantas guerras por demostrar qué Dios es el mejor, resulta que todo ha sido un malentendido y que la religión es una interpretación equivocada de la… astrología. Sólo adoramos el Sol y sus ciclos.
Vaya. ¿Comprendéis ahora el motivo de mi enfado con el Destino y su séquito de ironías? Tiene un humor negro que, sinceramente, me exaspera.
De todos modos, Carpe Diem.
Pie de foto: Courtesy of Alberto Esponja. Gracie.