
Otro ejemplo es el de su compañera de cadena, Susanna Griso. Otra gran profesional, pero -un pero pequeño y posiblemente edulcorado con envidia y resentimiento de periodista en desempleo indefinido-, desde que anuncia la bebida minúscula de los CaseiImunitass, pues cuando la veo en televisión mi mente no la sitúa en el sofá blanco inmaculado del plató, sino en un barco pesquero preguntando al patrón si ha notado un aumento en el consumo del citado producto desde la oleada de ataques piratas en el Índico.
La lista de publiasociaciones es prácticamente infinita: Concha Velasco y las compresas, el protagonista de 'Perdidos' y su antiojeras o, si nos ponemos finos, 'contorno de ojos' -¡por favor! ¿se imaginan lo que yo creo que lleva en su mochila cuando se adentra en la salvaje y enigmática isla de la serie?-, Nadal y los seguros, y la ropa deportiva, y... En fin, este fenomenal tenista creo que menos tampones ha anunciado ya de todo. No obstante, he de reconocer que lo de los deportistas es caso aparte...
Si hay algo que tengo claro es que los publicistas no son tontos, por muy estúpidos que nos parezcan ciertos anuncios. A alguien estarán dirigidos (tonto el que se de por aludido). Lo que pongo en cuestión es si los milloncejos que se embolsan los personajes famosos merecen la pena. Intuyo la respuesta: "¡Por supuesto que merecen la pena, plumilla mentecata!".
Sí, vale, hay que ponerse en esa situación, con el maletín fresco frente a ti. Los pobres somos, además de tontos, muy dignos y orgullosos, de acuerdo. ¿Pero qué ocurre si el producto anunciado, sin necesidad de que éste sea algo de lo que avergonzarse en absoluto (excepto en el caso de los bancos), menoscaba la credibilidad del personaje? Matías Prats no me informa sobre el caos en las carreteras tras la última nevada... ¡Sospecho que quiere controlar y manipular mi tierna mente desde la caja tonta para que compre su 'pack multiahorro' del banco naranja! Mmmh...
También cabe otra razón que explique toda esta actividad neuronal: estoy perturbada, y ya está. Llámenme loca, no me afecta. No tengo ningún contrato publicitario que me 'invite' a tener la boquita -o el teclado-, callados.
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